--¡Culooooooo!-- se oyó con voz atronadora --No te
escondas, culoooooo!-- de nuevo gritó esa enorme voz.
María Fernanda estaba escondida, temerosa, angustiada, no
sabía que era lo que más la aturdía, si el tono duro y amenazante de esa voz, o
esa grosera palabra que tan duro golpeaba su oído y su sensibilidad. Ella había
asistido a un colegio francés, su educación era la mejor, sus modales,
impecables. Siempre había cuidado mucho su imagen, su manera de vestir, su
aspecto físico. A sus cuarenta años, conservaba un cuerpo impecable. A pesar de
haber tenido dos hijos, mantenía unos senos firmes, generosos, ni muy grandes,
ni demasiado pequeños. Sus piernas eran casi perfectas, tenía una cara agraciada,
con unos ojos de un azul intenso que contrastaban con la morenez de su rostro y
el bello color negro de sus cabellos. Decían de ella que su sonrisa era
cautivadora. Siempre se había comportado con corrección. No entendía como,
ahora, la vida le estaba jugando esa mala pasada.
--Culito bonito... ¿Donde estás?-- resonó de nuevo en el oscuro taller.
Su parte posterior, era quizá, lo más agraciado de su
cuerpo, ella lo sabía. Y lo había usado con habilidad, para atraer al que fue
el único hombre de su vida. Nunca le había sido infiel. --¿Que pecado había
cometido, para pagarlo con esa absurda penitencia?-- se preguntaba.
--¡Te atraparé, culo!-- dijo esa infame voz, ahora ya muy
cerca de María Fernanda
El lugar, era un taller de escultor, estaba repleto de estatuas
humanas figurativas, sólo femeninas, en las que únicamente se reflejaba la
parte trasera de la mujer. María
Fernanda se hallaba escondida tras unas enormes posaderas de mármol. Entre unas
nalgas de granito, un poco caídas para su gusto, y un posterior amasado en
barro, vio venir la sombra del obsesionado escultor, que cincel en mano gritaba
--Posarás para mí, tu culo será inmortal--
María Fernanda pensaba --¿Cómo se había dejado engañar
para posar para ese loco obsesionado? ¿Quizá la vanidad había sido su pecado?--
Dejó de pensar, sentía muy cerca el jadear psicótico del imaginero loco.
--Voy a por ti...-- El chiflado escultor no pudo terminar
la frase. María Fernanda se lanzó sobre él, con tanta furia que el
desequilibrado artista perdió el cincel y rodó por los suelos hasta darse de
bruces contra un pandero de bronce. Medio desmayado y totalmente aturdido no
alcanzó a entender con claridad lo que rugía María Fernanda con su armoniosa
cara, ahora, totalmente desencajada y sus bellísimos ojos fuera de orbita. El
derrotado coleccionista de traseros rompió a llorar como un pequeño culicagao.
--Me ofendió su
grosería, pero lo que no pude soportar y me sacó de quicio definitivamente fue
el uso incorrecto del lenguaje-- dijo María Fernanda, cuando le preguntaron de
donde había sacado esas agallas.
De esa experiencia, María Fernanda, positiva como era,
saco un aprendizaje. Las cosas hay que decirlas por su nombre, un buen culo es
un buen culo. Y una bonita mujer, --todas-- nunca es una vieja.
Nota: Este cuento lo escribí en 2002, cuando conocí a una amiga colombiana que me habló del reparo a llamar culo a las nalgas, que tienen en la parte del mundo donde vivía. También me dijo que utilizar dos preposiciones juntas era un mal uso del lenguaje. Como yo soy de ciencias, no le repliqué, me limité a escribir este cuento
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